Existe algo casi incómodo al confrontar estas películas históricas de la vieja guardia a nuevas sensibilidades. Es como si la discusión con aquellos señores que pregonan que no hay que olvidar que lo primero es la lucha de clases, y cosas por el estilo, se trasladara a una cuestión de construcción cinematográfica. Sería medio injusto pedirle a Littín que acerque sus relatos al intimismo, a lo fragmentario, o a las nociones de lo que hoy llaman posmemoria. Pero eso no significa que sea pasadero el hecho de que intente mantener la retórica intacta. Littín, como había hecho en La tierra prometida 40 años atrás, no solo busca hacer una clásica historia monumental. También se permite incluir momentos alegóricos disruptivos, casi brechtianos, que entregan más dimensiones al relato.Viendo su versión de las últimas horas de Allende, casi que sería mejor que se limitara a una historia oficial con pretensiones de realismo. En cambio, Littín intenta condensar en cada escena las múltiples facetas de Allende que conocemos hoy. Cada 5 minutos, Allende es capaz de funcionar como un estadista duro, un poeta, un romántico, o un jote sin que se trate registros diferentes. Este compendio funciona como una secuela espiritual del retrato sacro de Helvio Soto en Llueve sobre Santiago, pero con algunos agregados de "humanidad" que solo terminan por hacer el mito más grande.El resto de los detalles técnicos podrían ser medio ignorables sino fuera porque resaltan el desfase que posee esta clase de relato. Muñoz interpreta a Allende en un registro popular e imitativo que contrasta con el tono de héroe de acción doblado que tienen los integrantes del GAP. La amenaza militar en fuera de campo sugiere una falta de presupuesto más que una idea formal. Y, por último, el excesivo uso de un CGI de aspiraciones industriales que parece la versión pobre de cualquier bombardeo hollywoodense. El conjunto termina por convertirla en una película que falla más allá de su anacrónica idea de relato.











